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“No era de noche. No estaba sola. Solo era mujer”

14/Ago/2026 | Paloma Andrea Fuentes Casanova
La reflexión de Simone de Beauvoir acerca de que la condición de las mujeres no constituye un destino natural, sino una posición producida socialmente, sigue siendo profundamente actual (de Beauvoir, 2019). Esa construcción también se manifiesta cuando la vigilancia deja de recaer sobre quienes agreden y se transforma en una obligación permanente para quienes intentan desplazarse con seguridad.
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ACOSO CALLEJERO

Por Paloma Andrea Fuentes Casanova

Practicante en RATT.Chile (Estudiante de Psicología Universidad Academia de Humanismo Cristiano)

Escribo estas líneas desde la misma micro donde, hace apenas unos minutos, todo ocurrió. El recorrido continúa, los pasajeros han vuelto a guardar silencio y el bus sigue avanzando por la ciudad, como si nada hubiera pasado. Pero sí pasó. Y mientras las ruedas siguen girando, también lo hacen las preguntas, la rabia y la impotencia. Este artículo no nace desde la distancia ni desde la comodidad de un escritorio; nace aquí mismo, en el lugar donde una mujer volvió a sentirse vulnerable por el simple hecho de ser mujer.

Hoy, jueves 6 de agosto, cerca de las 17:15 horas, en un recorrido del transporte público por Gran Avenida, una joven escolar rompió el silencio con un grito que heló el ambiente. Frente a ella, un hombre de avanzada edad se estaba masturbando mientras la observaba. Gracias a la rápida reacción del conductor, la situación no escaló a una agresión mayor. Sin embargo, la pregunta permanece: ¿por qué una mujer no puede viajar tranquila un jueves por la tarde, en un espacio público, sin convertirse en blanco de una agresión sexual?

Quiero detenerme, además, en un gesto que muchas veces pasa inadvertido: el de la joven que decidió gritar. En una sociedad donde a las mujeres se nos ha enseñado a callar, a dudar de nosotras mismas y a no “hacer escándalo”, ella hizo exactamente lo contrario. Transformó el miedo en rabia y la rabia en una voz que alertó a todos los presentes.

Tras ser confrontado, el conductor reconoció inmediatamente al sujeto y afirmó que ya lo había sorprendido tiempo atrás realizando la misma conducta. Ese antecedente vuelve aún más preocupante lo ocurrido, porque permite pensar que no se trató de un hecho aislado, sino de un comportamiento reiterado.

Cuando se habla de violencia contra las mujeres, con demasiada frecuencia la conversación se concentra en el femicidio, como si la violencia comenzara cuando ya es irreversible. Sin embargo, existe un largo camino previo, entre miradas invasivas, comentarios obscenos, exhibicionismo, acoso callejero, seguimiento y miedo constante. Son violencias cotidianas que muchas mujeres aprenden a normalizar porque han pasado a formar parte de sus recorridos habituales. La Convención de Belém do Pará reconoce que la violencia contra las mujeres comprende toda acción o conducta basada en el género que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico, tanto en el ámbito público como en el privado, y consagra el derecho de toda mujer a vivir una vida libre de violencia (Organización de los Estados Americanos [OEA], 1994)*.  En Chile, este principio fue reforzado por la Ley N.º 21.675, que establece medidas para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en razón de su género y reconoce expresamente que este derecho también debe garantizarse en los espacios públicos (Ley N.º 21.675, 2024).

Las cifras confirman que no se trata de una percepción aislada. La Encuesta Nacional de Violencia contra las Mujeres de 2024 señala que el 41,4 % de las mujeres de entre 15 y 65 años ha sufrido alguna forma de violencia en espacios públicos a lo largo de su vida y que el 12,3 % la experimentó durante los doce meses anteriores a la medición (Subsecretaría de Prevención del Delito [SPD], 2024).

La Radiografía del acoso sexual en Chile encontró, además, que el 86,4 % de las mujeres encuestadas había vivido al menos una situación de acoso sexual callejero. Entre las jóvenes de 18 a 26 años que habían experimentado este tipo de acoso, el estudio registró miradas, sonidos o silbidos incómodos, comentarios sobre el cuerpo, tocaciones, exhibicionismo, masturbación pública y persecución. También constató que un 38,7 % de las mujeres solicitó compañía para trasladarse a determinados lugares después de haber sido acosada (Observatorio Contra el Acoso Chile [OCAC], 2020). Estas conductas no son simples “incomodidades” ni hechos que deban minimizarse, ya que la Ley N.º 21.153 tipifica el acoso sexual en espacios públicos y sanciona los actos de significación sexual realizados sin consentimiento que sean capaces de provocar una situación objetivamente intimidatoria, hostil o humillante. Entre las conductas comprendidas se encuentran los actos de exhibicionismo obsceno o de contenido sexual explícito, categoría en la cual puede enmarcarse la situación que acabo de relatar en esta columna (Ley N.º 21.153, 2019).

Las mujeres crecemos incorporando estrategias de supervivencia. Cambiamos de asiento en el transporte público, compartimos nuestra ubicación en tiempo real, evitamos caminar solas, sostenemos las llaves entre los dedos al llegar a casa y miramos varias veces hacia atrás antes de abrir una puerta. No son exageraciones: son mecanismos de protección construidos a partir de experiencias que, lamentablemente, suelen ser más propias que ajenas.

Lo ocurrido hoy demuestra que el peligro no tiene un horario determinado, un lugar específico ni una edad definida. El agresor no era un joven escondido en un callejón oscuro; era un hombre mayor, en plena tarde y rodeado de pasajeros. Esto desmonta uno de los mitos más persistentes sobre la violencia sexual: no depende de la noche, de la soledad ni de la conducta de la víctima, sino de quien decide ejercerla.

Sin embargo, las estadísticas cuentan solo una parte de la historia. Muchas mujeres nunca denuncian. El miedo a no ser creídas, la vergüenza, la minimización de los hechos o la sensación de que “no pasará nada” hacen que innumerables situaciones permanezcan invisibles. Por eso, toda cifra debe leerse junto a los silencios que no alcanza a registrar.

La reflexión de Simone de Beauvoir acerca de que la condición de las mujeres no constituye un destino natural, sino una posición producida socialmente, sigue siendo profundamente actual (de Beauvoir, 2019). Esa construcción también se manifiesta cuando la vigilancia deja de recaer sobre quienes agreden y se transforma en una obligación permanente para quienes intentan desplazarse con seguridad.

No basta con agradecer que “no pasó a mayores”. Esa frase, repetida una y otra vez, esconde una realidad dolorosa: las mujeres celebramos haber salido ilesas de situaciones que nunca debieron ocurrir. No deberíamos sentir alivio porque un conductor intervino a tiempo; deberíamos vivir en una sociedad donde ninguna mujer tenga que gritar para detener una agresión.

La responsabilidad de prevenir estas situaciones no puede seguir recayendo sobre las mujeres. No son nuestra ropa, nuestros horarios ni nuestros recorridos los que deben cambiar. Lo que debe transformarse es una cultura que todavía tolera, minimiza o relativiza conductas que constituyen violencia sexual.

Ninguna mujer debería vivir con la sensación de que cualquier trayecto puede convertirse en una experiencia de miedo. El transporte público debería ser un lugar para llegar a destino, no para sobrevivir al camino. El verdadero indicador de una sociedad segura no es que existan personas dispuestas a intervenir cuando ocurre una agresión, sino que esas agresiones dejen de ocurrir.

Mientras termino de escribir estas líneas y de revisar las cifras expuestas, la micro sigue su recorrido. Algunos pasajeros miran por la ventana, otros vuelven a sus teléfonos y la ciudad continúa con su ritmo habitual. Pero para muchas mujeres este viaje ya no será un viaje cualquiera. Quedará grabado como otro recordatorio de que la violencia puede aparecer en cualquier momento y lugar.

Ojalá llegue el día en que escribir una columna como esta no sea una necesidad nacida de la urgencia, el miedo y la indignación, sino apenas el recuerdo de un tiempo que, como sociedad, fuimos capaces de dejar atrás.

*Nota aclaratoria: Para este caso, la convención homologa los términos género con sexo, pues fue desarrollada en 1994.

Referencias bibliográficas

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