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Gestación subrogada, contrato

Lo que el reportaje no preguntó: «Gestación Subrogada» en Chile

14/May/2026 | Contraborrado Chile
¿Por qué un reportaje sobre gestación subrogada no entrevistó a ninguna mujer gestante? Esa es la pregunta que La Tercera no respondió. Nosotras sí la hacemos.
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Lo que el reportaje no preguntó: «Gestación Subrogada» en Chile

El 9 de mayo, a días de celebrar el Día de las Madres, el diario La Tercera publicó el reportaje «Gestación subrogada en Chile: una larga travesía familiar». El título ya anuncia su enfoque: es la historia de quienes llegan a ser padres y madres, no de quienes hacen posible ese resultado. Es una elección editorial. Y como toda elección editorial, dice más por lo que omite que por lo que muestra.

El texto relata con detalle y emotividad las experiencias de tres familias chilenas que recurrieron a la gestación subrogada en Colombia. Conocemos sus nombres, sus angustias, sus momentos de quiebre y su alivio final. El reportaje les da rostro, contexto y voz. A las mujeres que gestaron, no. Aparecen como telón de fondo: la colombiana con quien se hizo match, la que viajó a Chile para una cirugía y los visitó, la que mantuvo contacto semanal por videollamada. Son mencionadas, pero nunca interrogadas. El lector nunca sabrá qué las llevó a gestar para otros, en qué condiciones económicas lo hicieron, ni cómo vivieron la experiencia de entregar al recién nacido. Esa pregunta no se formula.

La emotividad como método

Esa omisión no es inocente. Construir un reportaje sobre gestación subrogada usando únicamente testimonios de quienes contrataron el servicio equivale a escribir sobre las condiciones laborales en una fábrica entrevistando solo a sus dueños. El resultado puede ser conmovedor y aun así ser profundamente parcial.

Este tipo de encuadre narrativo tiene un nombre en el periodismo: framing emocional. Consiste en presentar un tema controvertido a través de historias individuales que generan empatía, desplazando así el debate estructural hacia el plano de los sentimientos. Cuando la pregunta que debería hacerse es ¿qué condiciones sistémicas hacen posible esta práctica?, la respuesta que se termina ofreciendo es ¿a quién no le gustaría ser padre o madre? No es lo mismo. Y en ese desplazamiento se juega buena parte del debate público sobre la subrogación en Chile.

Un mercado con otro nombre

El reportaje menciona, casi de pasada, que el costo del proceso en Colombia ronda los 60.000 dólares, y que en países como Estados Unidos puede alcanzar los 200.000. Para costear su proceso, una de las protagonistas vendió un auto, retiró fondos de su AFP y solicitó un crédito. Otro de los entrevistados describe el gasto total como equivalente al valor de «un vehículo de alta gama en Chile».

Estas cifras se presentan como datos neutros, parte del contexto. Pero su sola existencia desmonta uno de los argumentos centrales con que se defiende la gestación subrogada: que cuando es altruista, es decir, sin remuneración directa para la gestante, pierde su carácter mercantil. La distinción entre subrogación comercial y altruista es, en el mejor de los casos, una simplificación; en el peor, una cortina. Que exista una cadena de clínicas de fertilización, agencias intermediarias, estudios jurídicos especializados y fundaciones que organizan el proceso —todo financiado con decenas de miles de dólares— describe con precisión un mercado. El hecho de que la mujer que gestó no reciba la mayor parte de ese dinero no elimina la lógica mercantil: solo cambia a quién beneficia.

El consentimiento y sus condiciones

Uno de los argumentos más repetidos en defensa de la subrogación es el del consentimiento libre e informado de la mujer gestante. Es un argumento que merece ser tomado en serio, precisamente porque su lógica aparente oculta una trampa.

El consentimiento no ocurre en el vacío. Ocurre en condiciones materiales concretas: de acceso a información, de alternativas económicas disponibles, de presiones familiares y culturales, de asimetrías de poder entre quien contrata y quien es contratada. En los países donde la subrogación opera de manera más extendida —y adonde acuden quienes contratan desde Chile—, esas condiciones son, con frecuencia, de precariedad. Que los marcos regulatorios en algunos países exijan que la gestante no esté «en situación de vulnerabilidad económica» como condición de validez del proceso revela, paradójicamente, que esa vulnerabilidad es la norma que se intenta descartar, no la excepción.

Llamar consentimiento libre a una decisión tomada desde la escasez de opciones no es un error conceptual: es una operación política. Normaliza como elección individual lo que en muchos casos es una respuesta a la desigualdad estructural.

El cuerpo borrado

Quizás el detalle más revelador del reportaje no sea lo que dice, sino lo que describe sin interrogarlo. Al relatar el proceso legal en Colombia, el texto señala que ante un tribunal se probó que el recién nacido no compartía genética con la gestante, y que el nombre de esta «se borró del registro». El nombre de la mujer que llevó ese embarazo durante nueve meses, que puso su cuerpo, su salud y sus riesgos al servicio del proceso, fue literalmente eliminado del documento oficial que certifica el origen de ese ser humano.

El reportaje lo narra sin detenerse. Para nosotras, ese detalle condensa con precisión brutal lo que la gestación subrogada hace con las mujeres: las convierte en un paso intermedio, en un medio para un fin ajeno, en un dato a borrar cuando ya no son necesarias. El cuerpo que gestó existió para el proceso. Una vez cumplida su función, desaparece de la historia.

Lo que el debate chileno no puede ignorar

El reportaje menciona, en sus primeros párrafos, que en el Congreso avanza un proyecto para prohibir la gestación subrogada, aprobado en enero en la Comisión de Familia con apoyo transversal. Quienes lo impulsan, señala el texto, argumentan que el método «vulnera la dignidad de las mujeres gestantes, que estarían siendo cosificadas». Esa cita es la única vez en todo el reportaje que aparece, aunque sea de manera indirecta, la perspectiva crítica sobre la práctica. Un párrafo, entre muchos dedicados a los testimonios de quienes la defienden.

No pedimos que el periodismo tome partido. Pedimos que haga las preguntas que le corresponden. ¿Por qué no hay en este reportaje una sola entrevista a una mujer que haya gestado para otros? ¿Por qué no se indaga en las condiciones en que esas mujeres tomaron su decisión? ¿Por qué no se consulta a organizaciones feministas, a expertas en bioética o a especialistas en derechos reproductivos que sostengan posiciones críticas? ¿Por qué el único contrapeso al relato celebratorio es un breve párrafo sobre el proyecto de ley?

Un reportaje que se presenta como una mirada amplia a un debate complejo y que termina siendo, en la práctica, una galería de testimonios favorables a una sola posición, no es periodismo neutral. Es toma de posición con otra forma.

Las mujeres no somos el medio

Desde el feminismo sostenemos una premisa que no negociamos: el cuerpo de las mujeres no puede ser instrumento al servicio de los proyectos de vida de otros, cualquiera sea la forma jurídica con que se revista ese uso. No porque seamos incapaces de decidir, sino porque una sociedad que permite que el cuerpo femenino sea tratado como recurso disponible —en condiciones de desigualdad, administrado por terceros, borrado del registro cuando ya cumplió su función— no puede llamarse igualitaria.

El deseo de ser padre o madre es legítimo. El dolor de no poder serlo también lo es. Pero ningún deseo, por legítimo y doloroso que sea, justifica construir su satisfacción sobre la instrumentalización del cuerpo de otra persona. Esa es la pregunta que el reportaje de La Tercera no formuló. Y es, precisamente, la pregunta que Chile tiene que hacerse antes de legislar.

Como Alianza contra el Borrado de las Mujeres Chile hemos enviado una carta al Director de La Tercera en relación a este reportaje.

Alianza contra el Borrado de las Mujeres Chile